La violencia intrafamiliar en contra del adulto mayor

Lupita tiene 70 años, es víctima de la enfermedad de Alzheimer. No habla, no camina, está rígida, postrada en una silla de ruedas, es incontinente, usa pañal, come papillas porque se le ha olvidado masticar. Sus condiciones de salud son estables y  todavía puede vivir varios años más.

Lupita es de origen mexicano, vivió muchos años en E. U., donde se casó con un veterano de guerra. Al morir su marido, el gobierno le otorgó una pensión como viuda. Al enterarse, su hijo menor la traslada a Querétaro donde la institucionaliza, para así poder adquirir la tutela y a su vez poder cobrar la pensión.

Logrado el trámite, retira a su madre de la institución donde está siendo atendida y la recluye en su casa, delegando la responsabilidad de cuidados a su esposa, quien carece de la preparación y el tiempo requeridos para atenderla satisfactoriamente. Acto seguido, el hijo de Lupita abandona su empleo pues ya no tiene necesidad de trabajar, la economía de su familia ha sido resuelta con los dólares que mes a mes le envía a su nombre el gobierno americano.

La edad no constituye ningún factor de protección frente a la violencia en el hogar. Los abusos que sufren los niños y las mujeres son bastante conocidos en nuestra sociedad, pero hoy en día, que nuestra población está envejeciendo con gran rapidez, está emergiendo la violencia en contra de los ancianos.

Y desafortunadamente, ésta se produce en el mismísimo hogar que el senecto comparte con sus familiares, ya sea cónyuge, hijos, nietos, o parientes. Los adultos mayores y sobretodo los ancianos discapacitados conforman, sin temor a equivocarse, el grupo social que es más agredido por la sociedad, misma que no le garantiza sus derechos, si acaso le retribuye con ingresos mínimos, y que con frecuencia  le despoja de sus bienes y pensiones sin ley alguna que los proteja.

Los ancianos, más que marginados, están excluidos de nuestra sociedad y sus necesidades no son comprendidas. Se les califica de torpes, necios, tercos e infantiles. No hay instituciones de salud especializadas en adultos mayores.

Existe un rezago muy notable en la formación de profesionales en este rubro como son los geriatras, gerontólogos y gericultistas. Este grupo es el más vulnerable en nuestra sociedad debido a que no hay valores sobre la vejez, ni una cultura gerontológica, y como consecuencia, se presentan situaciones de injusticia contra este sector de la sociedad  con  frecuencia cada vez mayor debido al rápido envejecimiento que experimentan nuestra sociedad en nuestros días.

La injusticia contra los adultos mayores es un problema social difícil de cuantificar debido a que los ancianos no tienen la cultura de la denuncia, fácilmente se resignan ante las arbitrariedades en su contra e incluso ellos mismos se devaloran y se automarginan. La principal forma de maltrato para este grupo de la población es el abandono, que se refleja palpablemente en la gran necesidad de contacto físico que los senectos manifiestan.

Doña Lupita huele a viejo. Por ser discapacitada fue despojada de sus bienes, maltratada y abandonada por su familia. El olor es ácido, amargo, penetra profundo a las fosas nasales hasta registrarse en la memoria. El aroma comulga con la mugre, la orina, el sudor, el mal aliento, el desamor, los recuerdos, el dolor. El tiempo que no da concesiones aunado  a la violencia intrafamiliar en contra del adulto mayor, deja ese olor.

Por la Dra. Rosa Carvajal García

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