Desintegración familiar por el cuidado de un anciano discapacitado En un Domingo lluvioso, por la tarde casi al anochecer, los hermanos, Alberto, Javier y Juan se han reunido en la casa de Javier para decidir qué van hacer. Llevan más de dos semanas de acaloradas discusiones telefónicas, hasta que por fin se han puesto de acuerdo para resolver su conflicto familiar de una vez por todas en esta reunión, en la que Alberto ha depositado sus esperanzas. Su madre, Carmelita, de 76 años de edad, hace cinco años que ya no se vale por sí misma por haber sido víctima de un severo infarto cerebral que de un día para otro la despojó de su memoria, del presente y de su labor como luchadora social. Hoy camina con dificultad, no encuentra las palabras para decir lo que siente, se pierde en la casa de su hijo, se le ha olvidado bañarse, vestirse y desvestirse. Llora con frecuencia pues dice no saber donde está. Tampoco duerme bien, le da miedo estar sola en su habitación por las noches. Toma medicamentos costosos y necesita de por lo menos cuatro pañales al día. Persigue a su nuera todo el día por la casa y le pregunta constantemente en qué le ayuda, situación que la nuera tolera una, dos o tres semanas, pero a la cuarta termina desquiciada. La última vez se peleó con su marido y le dijo: “Beto, ¡ya no puedo más!, ¡Tu madre o Yo!”. Y en verdad su situación es muy difícil, pues además de ver por dos adolescentes, la casa, la comida y su negocio, la dinámica familiar se ha alterado desde que su suegra vive en su hogar. Los muchachos están hartos de su abuela, ya no quieren cooperar, ni permanecer en casa, han bajado mucho su rendimiento escolar, ella teme que se conviertan en vagos o drogadictos. Alberto ha pedido ayuda a sus hermanos, pero Juán vive solo y es alcohólico. Javier cuidó de su Mamá durante los tres primeros años, en la actualidad no tiene espacio para acoger a su Madre en su casa, sus ingresos son precarios y los absorbe su familia. Alberto suplica ayuda física, moral y económica por su Madre, por su familia y por él, pues ve con tristeza que su proyecto de vida, su familia se le está desmoronando. Sus hijos se han vuelto rebeldes, ya no hay domingos familiares, ni siquiera momentos agradables, se ha acabado toda la armonía de su hogar. Después de más de cuatro horas de discusión, la reunión de Alberto, Javier y Juán ha terminado, la lluvia ha cesado, ahora la Luna ilumina la noche. Alberto, cabizbajo se dirige a su automóvil para regresar a casa. No consiguió ayuda de sus hermanos, se ve triste, angustiado, solo con su responsabilidad a cuestas, murmura: “En fin es mi madre, alguna solución habrá”. El escabroso camino demencial deja una estela de dolor, de enojo, e impotencia que bien puede acabar desintegrando a la familia, sin embargo, en ocasiones, cuando la crisis templa a los afectados, ellos se tornan más humanos, cálidos, sensibles, generosos, grandes consigo mismos, y con una gran capacidad de perdonar. Por la Dra Rosa Carvajal y el M. en C. Carlos Galván, basado en una historia real. |